Mientras España vuelve a arder, quizá el incendio más preocupante no esté en nuestros montes, sino en nuestra forma de liderar, dialogar y prevenir.
El humo vuelve a cubrir nuestros montes.
Pero, mientras observaba las imágenes de los incendios que estos días están asolando España, me di cuenta de que el fuego que más me preocupa no siempre deja cenizas.
Cada verano vemos las mismas imágenes.
Miles de hectáreas calcinadas.
Bomberos jugándose la vida.
Vecinos desalojados.
Animales que no consiguen escapar.
Voluntarios intentando ayudar donde pueden.
Y, como cada verano, volvemos a hacernos las mismas preguntas.
¿Ha sido provocado?
¿Ha faltado prevención?
¿Se limpia suficientemente el monte?
¿Quién tiene la culpa?
Las respuestas llegan casi de inmediato.
Demasiado rápido.
Antes incluso de que el fuego esté extinguido, las redes sociales ya están llenas de jueces.
Cada uno señala a un culpable diferente.
Unos culpan a un gobierno.
Otros al anterior.
Otros al cambio climático.
Otros al abandono del mundo rural.
Otros a intereses económicos.
Y mientras discutimos sobre quién tiene razón, el fuego sigue avanzando.
Hace tiempo comprendí que el liderazgo empieza cuando dejamos de preguntarnos únicamente quién tiene la culpa y comenzamos a preguntarnos qué responsabilidad tenemos cada uno.
Porque sí, necesitamos políticas públicas.
Necesitamos una gestión forestal responsable.
Necesitamos invertir en prevención.
Necesitamos volver a cuidar nuestros pueblos y devolver vida al mundo rural.
Un monte abandonado durante años es un monte que, tarde o temprano, acaba convirtiéndose en combustible.
Y eso no debería ser una cuestión ideológica.
Debería ser una cuestión de responsabilidad.
Porque hay algo que echo profundamente en falta en nuestro país.
La prevención.
Y me atrevería a decir que no solo en España, sino en buena parte de nuestra cultura latina.
Somos extraordinarios reaccionando.
Cuando ocurre una tragedia, aparece nuestra mejor versión.
Nos organizamos.
Ayudamos.
Nos solidarizamos.
Movilizamos recursos.
Y eso habla muy bien de nosotros.
Pero prevenir…
Eso nos cuesta mucho más.
Es como si fuera un verbo que no supiéramos conjugar.
Esperamos a que el monte arda para preguntarnos por qué no estaba limpio.
Esperamos a que una empresa entre en crisis para revisar su liderazgo.
Esperamos a que una relación se rompa para empezar a hablar.
Esperamos a que un hijo deje de escucharnos para interesarnos por cómo nos comunicamos con él.
Esperamos.
Siempre esperamos.
Y el liderazgo no consiste únicamente en saber reaccionar cuando el problema ya está delante.
El verdadero liderazgo consiste en ver lo que otros todavía no ven.
En anticiparse.
En cuidar antes de que haya que reparar.
En prevenir antes de lamentar.
Porque prevenir exige algo que reaccionar no exige.
Responsabilidad.
Paciencia.
Constancia.
Y una mirada capaz de pensar más allá de la urgencia del momento.
Quizá por eso tampoco sabemos prevenir otro tipo de incendios.
Los que empiezan con una palabra de desprecio.
Con una descalificación.
Con un insulto.
Con la incapacidad de escuchar a quien piensa diferente.
Vivimos en una sociedad donde cada vez cuesta más dialogar.
No debatimos.
Nos posicionamos.
No escuchamos.
Esperamos nuestro turno para responder.
No argumentamos.
Etiquetamos.
Y cuando alguien piensa distinto, demasiadas veces dejamos de ver a una persona para empezar a ver a un enemigo.
Ese también es un incendio.
Y, quizá, mucho más difícil de apagar.
Porque cuando desaparece el respeto, desaparece también la posibilidad de construir.
A veces pienso que el liderazgo no se demuestra únicamente cuando diriges una empresa, una administración o un equipo.
Se demuestra mucho antes.
Cuando conduces.
Cuando utilizas un intermitente para avisar de lo que vas a hacer.
Cuando respetas una cola.
Cuando saludas.
Cuando recoges lo que ensucias.
Cuando cedes el paso.
Cuando escuchas a alguien sin necesidad de compartir su opinión.
Son gestos aparentemente pequeños.
Pero ninguna sociedad se sostiene sobre los grandes discursos.
Se sostiene sobre millones de pequeños comportamientos cotidianos.
Quizá por eso me preocupa tanto la forma en la que nos hablamos.
Porque si somos incapaces de mantener una conversación respetuosa sobre un incendio, sobre política o sobre cualquier asunto complejo, ¿Cómo vamos a afrontar los desafíos verdaderamente importantes?
El liderazgo no consiste en ganar una discusión.
Consiste en crear las condiciones para que otros quieran seguir construyendo contigo.
España necesita cuidar mejor sus montes.
Necesita invertir más en prevención.
Necesita recuperar el valor del mundo rural.
Pero también necesita algo igual de importante.
Recuperar la capacidad de conversar.
De discrepar sin destruir.
De argumentar sin insultar.
De defender una idea sin deshumanizar a quien piensa distinto.
Porque un bosque puede tardar décadas en volver a crecer.
La confianza entre las personas, a veces, tarda todavía más.
Y quizá el mayor acto de liderazgo que podemos ejercer hoy no sea apagar el próximo incendio.
Sea impedir que el fuego del desprecio siga extendiéndose entre nosotros.
Porque, al final, el liderazgo no empieza cuando alguien te sigue.
Empieza cuando eres consciente de que alguien, aunque no lo sepas, te está observando.
Tus hijos.
Tus compañeros.
Tus vecinos.
Tus clientes.
Tus alumnos.
Todos lideramos continuamente con nuestros actos.
¿Qué dicen mis pequeños actos del líder que soy cuando nadie me está mirando?
Y quizá el liderazgo del futuro no consista en apagar más incendios.
Consista en aprender, por fin, a conjugar un verbo que llevamos demasiado tiempo olvidando.
PREVENIR