Liderazgo Cobarde: cuando la ausencia de decisiones también gobierna.

Este fin de semana hemos vuelto a mirar hacia Ceuta.

Y, una vez más, el debate se ha llenado de gritos.

Unos hablan únicamente de seguridad.

Otros hablan únicamente de derechos humanos.

Mientras tanto, la realidad sigue avanzando por delante de ambos discursos.

Cada vez estoy más convencida de que una de las mayores amenazas para un país no son únicamente las crisis externas.

Son los liderazgos cobardes.

Porque cuando un liderazgo no decide, alguien decide por él.

Cuando un liderazgo evita asumir el coste de proteger aquello para lo que fue elegido, el problema no desaparece. Crece.

En España parece haberse instalado un relato casi permanente de impotencia.

«Marruecos presiona.»

«España aguanta.»

Como si nuestro país únicamente pudiera reaccionar.

Pero el liderazgo nunca consiste únicamente en resistir.

Consiste en actuar.

Consiste en conocer las fortalezas propias, utilizarlas con inteligencia y defender el interés general sin perder la humanidad.

La geopolítica no funciona por emociones.

Funciona por intereses, por capacidad de negociación y por decisiones.

Y eso obliga a hacerse una pregunta incómoda.

¿Por qué un Estado renuncia tantas veces a ejercer toda su capacidad de influencia?

No escribo estas líneas desde la confrontación.

Las escribo desde la preocupación.

Porque cada vez que un gobierno transmite inseguridad, improvisación o miedo a asumir decisiones difíciles, el mensaje que reciben los ciudadanos es devastador: estáis solos.

Y ningún país puede construir confianza cuando quienes lo sostienen dejan de sentirse protegidos.

Pero hay algo todavía más inquietante.

Con demasiada frecuencia hablamos únicamente de inmigración cuando, en realidad, deberíamos estar hablando también de un inmenso negocio.

Porque alrededor de muchos movimientos migratorios operan organizaciones criminales que comercian con seres humanos, gobiernos que utilizan los flujos migratorios como instrumento de presión política y redes económicas que obtienen beneficios de la desesperación de miles de personas.

Las primeras víctimas son precisamente quienes cruzan la frontera.

Personas que abandonan su hogar convencidas de que encontrarán una vida mejor y que, demasiadas veces, terminan siendo utilizadas por quienes nunca han visto en ellas personas, sino un instrumento de poder o una fuente de ingresos.

Por eso me incomoda que el debate se reduzca a dos posiciones irreconciliables.

No es elegir entre proteger las fronteras o proteger a las personas.

Un liderazgo maduro entiende que ambas obligaciones son inseparables.

Un Estado tiene el deber de proteger a sus ciudadanos.

Y precisamente por eso también tiene el deber de perseguir con toda la fuerza de la ley a quienes trafican con seres humanos y a quienes convierten la inmigración irregular en una herramienta de presión política.

No proteger las fronteras no es un acto de humanidad.

Del mismo modo que deshumanizar a quienes llegan tampoco lo es.

Ambas posturas fracasan porque ambas olvidan a las personas.

Hay otra realidad de la que apenas se habla por miedo a ser etiquetado.

Cuando una frontera deja de estar bajo control, ningún Estado puede garantizar quién está entrando en su territorio.

Entre quienes cruzan hay personas que buscan un futuro mejor y merecen ser tratadas con dignidad.

Pero también pueden infiltrarse delincuentes, miembros de organizaciones criminales o personas con antecedentes violentos.

Negarlo no es humanidad.

Es ingenuidad.

Y un liderazgo responsable no puede construirse sobre la ingenuidad.

Defender una frontera no significa dejar de ser humano.

Significa proteger precisamente a quienes cumplen las normas, tanto a los ciudadanos del país como a los inmigrantes que llegan por vías legales y desean construir una vida en paz.

La ausencia de control perjudica a ambos.

Quizá la verdadera pregunta no sea qué puede hacer Marruecos.

Ni siquiera qué puede hacer España.

La verdadera pregunta es qué tipo de liderazgo queremos ejercer.

Un liderazgo que reacciona siempre cuando el problema ya ha estallado.

O un liderazgo capaz de anticiparse, proteger, negociar con firmeza, combatir a las mafias, exigir responsabilidades a quienes utilizan a seres humanos como arma geopolítica y, al mismo tiempo, no perder nunca la dignidad con la que debe tratarse toda vida humana.

Porque el liderazgo no consiste en levantar la voz.

Consiste en asumir la responsabilidad de decidir.

Y cuando quienes tienen esa responsabilidad no la ejercen, ocurre algo inevitable.

El liderazgo deja de estar en las instituciones y comienza a surgir en la sociedad.

Es entonces cuando cada ciudadano tiene que recordar algo esencial.

Los derechos no son un regalo del poder.

Son una conquista permanente que exige vigilancia, participación y valentía cívica.

El liderazgo empieza cuando dejamos de delegar toda la responsabilidad en quienes gobiernan y asumimos también la nuestra: exigir transparencia, reclamar decisiones valientes, participar, votar con criterio y defender aquello que creemos justo.

Porque una democracia no se sostiene únicamente con instituciones.

Se sostiene con ciudadanos que no renuncian a ejercer su propia responsabilidad.

Un país deja de ser fuerte mucho antes de perder su economía o su ejército.

Empieza a debilitarse el día en que sus dirigentes confunden la prudencia con la inacción, la diplomacia con la renuncia y la compasión con la ausencia de límites.

Porque los límites no son lo contrario de la humanidad.

Son la condición necesaria para que una sociedad libre, segura y justa pueda seguir existiendo.

Y la historia demuestra que las naciones no se debilitan únicamente por las amenazas externas.

Empiezan a hacerlo cuando quienes tienen el deber de liderarlas dejan de ejercer ese liderazgo.

La naturaleza detesta el vacío. Cuando quienes deben liderar no ejercen el liderazgo, siempre aparece alguien dispuesto a ocupar ese espacio.

La cuestión no es si alguien lo ocupará.

La cuestión es si lo hará desde el servicio… o desde el poder.

Porque ningún vacío de liderazgo permanece vacío durante mucho tiempo.

Alguien siempre termina ocupándolo.

Y quizá esa sea la mayor lección que nos deja Ceuta.

No habla únicamente de fronteras. Habla de liderazgo. Del liderazgo que ejercen los gobiernos.

Del liderazgo que renuncian a ejercer otros.

Y, sobre todo, del liderazgo que cada ciudadano está llamado a asumir cuando comprende que una sociedad no se sostiene solo por las decisiones de quienes la gobiernan, sino también por el compromiso de quienes la forman.

Porque la libertad, la seguridad y la convivencia nunca han sobrevivido gracias a los liderazgos cobardes.

Siempre han sido consecuencia de ciudadanos valientes.

«El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres.»
Platón