Una reflexión sobre liderazgo, poder, transparencia y la necesidad de evolucionar nuestra democracia.
Llevo unos días dando vueltas a una idea.
Y cuanto más pienso en ella, más incómoda me resulta la pregunta que hay detrás.
Estamos acostumbrados a discutir sobre quién debería gobernarnos. Sobre la izquierda y la derecha. Sobre quién ganó un debate, quién debería dimitir, quién miente más o quién tiene la culpa de la última crisis.
Pero ¿y si lleváramos años discutiendo sobre la pregunta equivocada?
¿Y si el verdadero problema estuviera antes?
¿Cómo llegan determinadas personas a tener la posibilidad de gobernarnos?
No estoy cuestionando la democracia. Al contrario.
Me pregunto si no ha llegado el momento de hacerla evolucionar.
Porque cuando miro lo que está ocurriendo a nuestro alrededor me cuesta aceptar que la única respuesta posible sea esperar a las siguientes elecciones.
Hemos vivido una DANA devastadora en Valencia y después hemos asistido al habitual cruce de responsabilidades entre administraciones.
Cada verano volvemos a ver incendios que arrasan miles de hectáreas mientras reaparece la discusión sobre prevención, medios, competencias y coordinación.
Estamos viviendo una gravísima crisis fronteriza en Ceuta, con entradas masivas irregulares y una situación que afecta no solo a España, sino a una de las fronteras exteriores de Europa.
Abrimos los periódicos y encontramos nuevas investigaciones sobre presuntos casos de corrupción, tráfico de influencias o utilización indebida del poder.
Cambian los acontecimientos.
Pero hay algo que se repite.
Cuando llega una crisis, demasiado pronto dejamos de hablar de lo ocurrido para empezar a discutir sobre quién consigue imponer el relato de lo ocurrido.
Y eso me preocupa.
Mucho.
Porque un incendio no entiende de argumentarios.
Una riada tampoco.
Y una emergencia nacional no debería gestionarse pensando en qué administración saldrá políticamente más perjudicada.
Cuando las cosas se ponen realmente difíciles, las ideologías sirven de bastante poco.
Ahí aparece el liderazgo.
O su ausencia.
No creo que nuestro problema sea la izquierda o la derecha
Sé que esto incomodará a algunos.
Pero cada vez me interesa menos saber si una determinada propuesta procede de la izquierda o de la derecha.
Quiero saber si funciona.
Y quiero saber algo todavía más importante: quién está detrás de ella.
Me preocupa más un dirigente incapaz de reconocer un error que su ideología.
Me preocupa alguien que necesita permanentemente un enemigo.
Me preocupa quien utiliza el miedo para movilizar a los ciudadanos.
Quien antepone su partido al interés general.
Quien confunde autoridad con poder.
Quien considera una muestra de debilidad decir “no lo sé”.
Quien no soporta que alguien de su propio equipo le contradiga.
Quien llega a creer que las instituciones están a su servicio y no él al servicio de las instituciones.
Y nada de eso es patrimonio de una ideología.
Hay personas así a la izquierda.
A la derecha.
En el centro.
En las empresas.
En las universidades.
En las organizaciones.
Y, por supuesto, también en la política.
Por eso creo que tenemos que empezar a hablar menos de etiquetas y bastante más de personas.
Hay algo extraño en nuestro sistema: Para ocupar determinados puestos en una empresa sometemos a los candidatos a procesos de selección.
Analizamos experiencia.
Competencias.
Resultados.
Capacidad de liderazgo.
En ocasiones, incluso realizamos evaluaciones conductuales y motivacionales para comprender cómo toma decisiones una persona, cómo se relaciona, cómo responde bajo presión o qué la mueve.
Y después está la política.
Una persona puede llegar a gestionar presupuestos de miles de millones de euros y tomar decisiones que afectan a millones de seres humanos sin haber demostrado necesariamente ninguna competencia específica para hacerlo.
Eso sí: probablemente habrá demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir dentro de su organización.
Y no es lo mismo.
Los partidos políticos son necesarios en una democracia representativa.
Pero quizá hemos permitido que acumulen demasiado poder sobre una cuestión fundamental: seleccionar a las personas entre las que después nosotros elegimos.
Primero seleccionan ellos.
Después votamos nosotros.
Y eso merece, como mínimo, una reflexión.
Porque la ideología también puede convertirse en una prisión, lo observo continuamente.
Ante un mismo hecho, dos personas pueden llegar a conclusiones completamente diferentes dependiendo de quién lo haya protagonizado.
Si lo hacen “los nuestros”, buscamos una explicación.
Si lo hacen “los otros”, buscamos un culpable.
Y lo más inquietante es que muchas veces ni siquiera somos conscientes de ello.
La ideología debería ayudarnos a interpretar la realidad.
Nunca sustituir nuestra capacidad de pensar.
Cuando dejamos de preguntarnos si algo está bien o mal y empezamos a preguntarnos quién lo ha hecho, hemos entregado una parte de nuestra libertad.
Y quizá la polarización consista precisamente en eso.
En conseguir que millones de ciudadanos perfectamente inteligentes terminen defendiendo posiciones que probablemente cuestionarían si las hubiera propuesto el partido contrario.
De ahí nace una palabra: Axiocracia: Axios, en griego, significa digno, valioso.
Llevo algún tiempo pensando en lo que podríamos llamar Axiocracia.
No como sustitución de la democracia.
Como una posible evolución.
Un sistema en el que quien aspire a ejercer poder público acepte también someterse a un nivel de transparencia mucho mayor que el actual.
Y quiero dejar algo muy claro.
No estoy proponiendo que una inteligencia artificial decida quién puede presentarse a unas elecciones.
Me parecería peligrosísimo.
Tampoco quiero un comité de expertos decidiendo quién es una “buena persona”.
¿Quién tendría derecho a determinarlo?
Lo que propongo es bastante más sencillo.
Dar más información al ciudadano antes de que vote.
¿Y si conociéramos algo más que el programa electoral?
Hoy conocemos perfectamente el relato de los candidatos. Sabemos qué quieren que pensemos de ellos. Pero sabemos bastante menos sobre cómo son cuando desaparecen las cámaras.
¿Cómo reaccionan ante la crítica? ¿Cómo gestionan el conflicto? ¿Qué relación mantienen con el poder? ¿Qué necesidad tienen de reconocimiento? ¿Cómo se comportan bajo presión? ¿Escuchan? ¿Rectifican? ¿Necesitan controlar? ¿Son capaces de rodearse de personas mejores que ellos? ¿Qué les motiva realmente a querer gobernar?
Algunas de estas cuestiones pueden analizarse mediante herramientas psicométricas.
DISC, por ejemplo, analiza patrones de comportamiento observable, mientras que los modelos de Motivators estudian diferentes factores que pueden impulsar nuestra conducta, entre ellos el poder, el altruismo, el interés económico, la autonomía, las normas o el conocimiento.
Las herramientas que he estado estudiando cuentan además con procesos declarados de evaluación independiente de aspectos como validez de constructo, fiabilidad e impacto dispar.
¿Significa eso que un test puede decirnos quién es honesto?
No.
¿Puede detectar quién será corrupto dentro de diez años?
Tampoco.
Y sería irresponsable afirmarlo.
Pero puede aportar información.
La ciencia puede ayudarnos a comprender determinadas tendencias conductuales y motivacionales.
La tecnología puede ayudarnos a procesar información.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar patrones.
Pero ninguna de ellas debería elegir por nosotros.
Ahí está el límite. La máquina informa. El ciudadano decide.
Imaginemos por un momento unas elecciones diferentes: Todos los candidatos continúan teniendo derecho a presentarse, nadie queda excluido porque un algoritmo lo considere inadecuado, pero quien quiera ocupar determinadas responsabilidades acepta presentar, junto a su programa electoral, algo parecido a un Informe Público de Idoneidad para el Liderazgo.
El mismo para todos.
Sin importar el partido.
Experiencia.
Competencias.
Trayectoria profesional.
Conflictos de interés.
Patrimonio.
Responsabilidades anteriores.
Evaluaciones conductuales y motivacionales realizadas con instrumentos suficientemente validados.
Y, sobre todo, algo que ningún test puede sustituir:
su comportamiento real, porque cualquiera puede contestar bien un cuestionario, lo difícil es fingir durante años.
La ética deja rastro
Quizá llevemos demasiado tiempo intentando evaluar la ética preguntando a las personas por sus valores.
Yo trabajo precisamente en dirección por valores y cada vez tengo más claro algo:
los valores que realmente gobiernan a una persona no son los que declara. Son los que aparecen en sus decisiones.
Por eso observaría otras cosas.
Cuando se equivocó, ¿lo reconoció?
Cuando tuvo que elegir entre su organización y el interés general, ¿qué hizo?
¿Cumplió aquello a lo que se comprometió?
¿Cómo evolucionó su patrimonio?
¿Tuvo conflictos de interés?
¿Favoreció a personas de su entorno?
¿Permitió la discrepancia?
¿Cómo utilizó los recursos que no eran suyos?
¿Cómo reaccionó cuando perdió poder?
¿Dijo alguna vez públicamente: “me equivoqué”?
Todo eso también habla de una persona.
Probablemente mucho más que un mitin.
Eso es lo que llamaría transparencia conductual.
Pero entonces apareció otra pregunta. Mientras daba forma a esta idea me di cuenta de que estaba cometiendo un error.
Estaba mirando únicamente a los políticos.
Y el poder no está solamente en los parlamentos.
Existe poder económico.
Poder financiero.
Poder empresarial.
Poder mediático.
Poder tecnológico.
Poder sobre los datos.
Poder para decidir qué vemos y qué dejamos de ver.
La concentración mundial de riqueza es enorme. Pero de ahí no podemos concluir seriamente que exista un 1 % homogéneo que se reúna en algún lugar para decidir el destino del planeta.
No necesito creer eso para preocuparme.
Me basta con hacerme otra pregunta:
¿tiene las mismas posibilidades de influir en una decisión pública un ciudadano cualquiera que alguien que controla miles de millones de euros, una gran corporación, un fondo, un medio de comunicación o una plataforma con millones de usuarios?
Evidentemente, no.
Y tener dinero o dirigir una gran empresa no convierte a nadie en sospechoso.
No quiero una sociedad que persiga la riqueza.
Quiero una democracia que persiga la opacidad.
Porque el verdadero problema no es que existan personas con mucho poder económico.
El problema aparece cuando ese poder puede convertirse en influencia política sin que sepamos cómo.
Quién se reúne con quién.
Quién financia qué.
Qué intereses existen detrás de determinadas decisiones.
Qué puertas giratorias funcionan.
Quién asesora.
Quién presiona.
Quién termina beneficiándose.
Entonces la Axiocracia tiene que hacerse una segunda pregunta:
¿Quién influye sobre quién gobierna?
Y una tercera:
¿podemos verlo?
Si la respuesta es no, tenemos un problema democrático.
No quiero políticos perfectos
Entre otras cosas porque no existen.
Quiero personas normales capaces de asumir responsabilidades extraordinarias.
Personas capaces de decir:
“No lo sé.”
“Necesito escuchar a alguien que sabe más que yo.”
“Me equivoqué.”
“La responsabilidad era mía.”
“La propuesta de la oposición es mejor.”
“Esto beneficia a mi partido, pero perjudica al país.”
Es curioso.
Escribiéndolas, me doy cuenta de lo extraordinarias que parecen esas frases.
Y no deberían serlo.
Deberían formar parte del comportamiento normal de alguien que entiende el liderazgo como servicio.
Quizá gobernar tenga que volver a ser un privilegio
No en el sentido aristocrático de la palabra, justo, al contrario. Un privilegio temporal concedido por los ciudadanos.
Y precisamente porque concedemos a alguien una enorme cantidad de poder, deberíamos poder exigirle también una enorme cantidad de transparencia.
No quiero saber solamente lo que piensa.
Quiero saber cómo actúa.
No quiero conocer únicamente sus promesas.
Quiero conocer su trayectoria.
No quiero que me digan que alguien es íntegro.
Quiero poder observar evidencias de su integridad.
Y después quiero votar.
Libremente.
A quien yo quiera.
No tengo cerrada la Axiocracia, y quizá ésta sea la parte más importante de este artículo.No estoy presentando un sistema terminado.Estoy poniendo una pregunta encima de la mesa.Puede que algunas de estas ideas no funcionen.Puede que otras necesiten límites jurídicos que todavía no he considerado.Puede que determinadas evaluaciones no deban utilizarse.Puede que existan riesgos que ahora mismo no estoy viendo.
Precisamente por eso quiero abrir la conversación.
Porque quizá uno de nuestros problemas sea que hemos dejado de imaginar sistemas mejores por miedo a cuestionar los que tenemos.
La democracia no nació terminada.
Ha evolucionado durante siglos.
¿Por qué deberíamos pensar que su forma actual es definitiva?
Quizá la siguiente evolución democrática no consista en elegir un partido diferente.
Quizá consista en cambiar la relación entre ciudadanía, liderazgo y poder.
Más información.
Más trazabilidad.
Más rendición de cuentas.
Más pensamiento crítico.
Menos obediencia partidista.
Menos opacidad.
Y una exigencia que debería estar por encima de cualquier ideología:
quien quiera gobernar a los demás debe aceptar primero que los demás puedan conocer profundamente cómo ejerce el poder.
A eso, de momento, lo llamo Axiocracia.
Y no sé si tengo razón.
Pero sí sé cuál es la pregunta que me gustaría dejar abierta:
Si antes de votar pudiéramos conocer no solo las ideas de nuestros candidatos, sino también su comportamiento, sus motivaciones, sus conflictos de interés y su trayectoria ante el poder, ¿votaríamos a las mismas personas?